14 sept. 2015

Una pulsera para S.

Me encantan los niños que tienen las cosas claras, aunque eso suponga algunos dolores de cabeza a los sufridos padres…

Como en mi caso ya soy abuela, la cuestión es muy distinta, yo diría que hasta me facilita las cosas.

Ilustración obtenida aquí

Abuela:  -S. ¿qué quieres para tu cumpleaños?-
S.:         -Hummm…, no sé, ¿podría ser una pulsera de las de verdad?-
Abuela (estupefacta):  -Hummm…, podría ser, podría ser… ¿Es que te gustan las pulseras?-
S.:         -Sí, mucho, me encantan-.

En este punto debo aclarar que en mi casa, ni la abuela –yo misma-, ni la mamá han llevado nunca pulsera; la mamá ni siquiera pendientes porque perteneció a una época en que los padres supuestamente “comprometidos” o “rebeldes” intentaban no encasillar a las niñas/niños con pendientes, balones, cocinitas, etc. etc. Y ya pasados los años cuando la niña se los quiso poner sus orejas parecían resistirse a las colgaduras, y nunca le ha resultado fácil llevarlos (ya me lo decía mi madre: "eso se les tiene que poner al nacer"...)


Y a cambio les atiborrábamos con mogollón de peluches, Legos, arquitecturas varias, juegos de montaje…, -mejor aún si eran de fabricación artesana-. Vamos, a lo más que llegábamos era a los distintos “escenarios” de los Pin y Pon, en nuestro caso La granja, La enfermería, y ya como un despiporre total, Pin y Pon contaron con La casa grande –de 3 pisos-  y además con luz…



Y cómo olvidar esos otros, casi intelectuales, que fomentaban la retentiva y las capacidades intelectual o lingüística del niño, como los inefables Quien es quien, el Scrable, el mismo Cubo de Rubik, o los Tangram

Eso hasta que un día la niña, harta de tanta “intelectualidad”, te pedía berreando una cocinita con cacharritos, y una Nancy con sus vestiditos, y una de esas horribles admiradas Barbiesmás tiesa que un ajo, siempre perfectamente vestida para la ocasión, y siempre lista para recibir a su novio Kent, tan cursi como ella misma.

Fragmento de imagen obtenida aquí
Entonces, tú caías del sueño dogmático, y con la cara de lelo/a que se te quedaba, te ibas a la juguetería más cercana y comprabas uno de esos inmensos “sets” con un montón de cazuelitas, sartenes, platitos, tacitas y otros utensilios culinarios que hacían las delicias de la criatura.
A partir de ese momento, se repetían diariamente interminables puches con arena y agua comiditas ricas que dabas con cucharita y babero a esa flamante Nancy que, por fin, había irrumpido en casa como absoluta dueña y señora.

(Eso sí, con la Barbie no tragué nunca, aunque luego he sabido que su ausencia causó importante desazón...)

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Pero bueno, tampoco nos escandalicemos de esa generación –la mía-, porque tengo-que-decirrrrr que la mismísima operación de compra de todo tipo de "instrumental" doméstico, la tuve que hacer de nuevo con mi nieta mayor, a consecuencia de otro arrebato desesperado cuando en un parque una niña no le dejó jugar "a cocinitas".

En este caso, la urgencia nos llevó al bazar chino más cercano, donde los platitos, tacitas, cucharitas, etc. eran de un brillante rosa chicle, que verdaderamente hacía daño a los ojos. Luego, con más tiempo conseguimos una “vajilla” ecológica hecha con materiales reutilizados, muy acorde a la ideología familiar.


En fín…, hay pasajes de la historia de las familias que inexorablemente se repiten.

(Tampoco mis nietas llevan pendientes, pero eso sí, debo decir, que las niñas tienen en su haber un montón de espectaculares Barbies en forma de princesas varias, para espanto de su abuela y desagravio de su mamá...)


Y digo yo que estas incoherencias no creo que sean patrimonio de ninguna generación en concreto: yo he vivido las de la mía, pero ahora contemplo con cierta sorna las de la generación actual, que tampoco es manca…

Venganza / Pink stinks (Hormiga Verde)

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Pues volviendo al tema de la pulsera, recordé que todavía conservaba una grabada con el nombre de mi hija, que mi tía le regaló cuando nació. ¡Sí!, ¡exacto!: no estoy segura de que la llegara a estrenar. Así es que se la ofrecí a la niña:

S:           -Abuela, pero ¿es de oro?-
Abuela:   -Si, por supuesto, y con el nombre de tu mamá-
S:          -¡Ay gracias abuela, no me lo puedo creer!, ¡llevar puesta una pulsera de oro!, que además es “antigua” ¡qué guachi!...- (o sea, “fantástico”).



Y así se van escribiendo las contradicciones generacionales: A mi hija nunca se la puse, y luego a mi nieta se la coloqué encantada, casi emocionada...

Y oye, que me quedé más ancha que larga.